A diferencia de otros lugares del país o del extranjero donde los habitantes afectados encararon el desafío de los elementos con obras materiales de gran calado que buscaron resolver integralmente la hostil morfología natural, en el caso concreto de Celaya nunca se intentó realmente poner un enérgico remedio, por lo que las calamidades se siguieron registrando con mayor o menor intensidad en el transcurso de los años.Como el Ayuntamiento siempre adoleció de falta de recursos económicos, lo único que se hizo a lo largo del tramo colonial fue paliar con pequeños parches los efectos de los desbordamientos, de modo que éstos se convirtieron en el pan de cada día o noche de tormentas.Por ello fue que durante la época virreinal esta situación se mantuvo siempre como un enemigo indeseable pero casi siempre temido en los meses de junio y julio y sobre todo entre agosto y septiembre de cada año.Las cosas no se remediaron poco ni mucho al advenimiento de la Independencia, sino que más bien empeoraron con motivo de los trastornos políticos y sociales que generaron las luchas entre conservadores y liberales, dejando los erarios municipales del país prácticamente exhaustos, sin alternativa para incidir en la realización de obras públicas de beneficio colectivo.Durante el Segundo Imperio, tampoco se abrieron perspectivas de mejoramiento, puesto que el horizonte político y económico del país tendió a agravarse y los auxilios pecuniarios que se solicitaron para reparar los bordos del río dañado nunca llegaron.Con la restauración de la República, emergida de un agudo desangramiento social y económico, las inundaciones provenientes del Río de La Laja y del Querétaro o Apaseo, siguieron complicando la existencia a los celayenses.En el período presidencial de Porfirio Díaz, los particulares establecieron un sistema de distribución de aguas a partir de la Presa de Labradores, que retenía una parte del caudal de las lluvias y sobre todo contribuyó a irrigar una amplia superficie, conforme a bases equitativas que permitieron el florecimiento de la agricultura.En el año de 1912 se registró una de las peores inundaciones en Celaya, después de que se abrieron numerosas bocas del Río de La Laja, que al salirse de su cauce, causó grandísimo estrago con las avenidas que anegaron a la ciudad y la redujeron a tres cuartas partes de sus dimensiones urbanas. El altruismo de los celayenses menos afectados devino entonces una espléndida lección de solidaridad, que palió en buena medida las aflicciones de los damnificados, junto con el apoyo que brindaron las autoridades del Estado y de la Federación. Mientras tanto, lo mismo autoridades que vecinos de la ciudad y agricultores, seguían dirigiéndose a las instancias políticas superiores en sus distintos niveles, para solicitarles la añorada construcción de una presa en la depresión geológica adecuada que se localizaba en el Rancho de Begoña. Contra la realización de este proyecto se concitaron diversas fuerzas sociales y económicas, hasta que el gobierno federal no se percató de que los daños que seguían ocasionando las inundaciones a Celaya y a las poblaciones circundantes, eran mayores que los intereses que se buscaba no perturbar, es decir, los de la compañía hidroeléctrica de Chapala.Finalmente, con la inauguración de la Presa "Ignacio Allende", en el año de 1969, pareció que se resolvía en definitiva el secular problema de las inundaciones; las medidas que en la localidad asumieron las autoridades subsiguientes, con el apoyo de la Federación y del gobierno del Estado, se han distinguido por su enfoque integral, derivando en la construcción de un Parque Lineal, y de bordos realmente resistentes en las márgenes del río, de tal manera que sus frecuentes amenazas de antaño se han reducido a una escala mínima, que no descarta, sin embargo, el peligro de algún desbordamiento de magnitud verdaderamente extraordinario.